LA POLÉMICA POR LA REINTRODUCCIÓN DEL OSO EN EL PIRINEO Artículo de Francés X. Boya:'Por el oso y el territorio' El ataque de la osa Hvala a un cazador del Vall d'Aran, el pasado 23 de octubre, ha reabierto el debate sobre la conveniencia de reintroducir a los osos pardos en el Pirineo. • El Pirineo de hoy no es lugar para este animal Foto: EL PERIÓDICO FRANCÉS X. Boya SÍNDIC D'ARAN La reintroducción del oso en 1996 inició un nuevo episodio de la singular incomprensión entre el mundo rural y el urbano. Un episodio que estos días vive su momento álgido. Solo hay que echar un vistazo a los comentarios suscitados por esta cuestión para entender hasta qué punto las visiones de los dos imaginarios, el rural y el urbano, permanecen en extremos diferentes. Ante todo, no soy cazador ni ganadero ni hablo con el comprensible cabreo de quien ve amenazada su actividad de fin de semana o ha visto sus ovejas destripadas por el oso. La cronología de los hechos y de la toma de decisiones del programa Life está llena de desaciertos y visiones simples de una complejidad que despreció la realidad del Pirineo para satisfacer una operación politicomediática destinada a crear una imagen de sensibilidad ambientalista que contrarrestara experimentos nucleares y otros proyectos poco explicables a finales del siglo XX. El oso llegó al Pirineo sin aliados en el territorio: ni administraciones locales ni la población han visto con buenos ojos su reintroducción. Las razones son muy diversas y van de la contrastada afectación a la ganadería, ya agonizante en la región, al miedo atávico a un animal que siempre ha formado parte de un imaginario de lucha con el hombre, o el miedo de un efecto nocivo en el turismo. A lo que hay que añadir, sin que sea menos importante, la falta de medidas de las administraciones para controlar la especie. Pero la realidad es elocuente: la evolución del Pirineo ha cambiado radicalmente los hábitats salvajes de estos pagos. El Aran es un claro ejemplo. Los más de 400 km de pistas forestales que recorren los valles y montañas y el acceso al medio de centenares de miles de personas para disfrutar de la naturaleza son evidencias contundentes. Pensar que este es el medio ideal para una especie que necesita soledad y grandes ámbitos salvajes para desarrollarse es absurdo. Reintroducir el oso con criterio de oportunidad política en una zona deprimida del sur de Francia y en la frontera con valles desarrollados como el nuestro fue, simplemente, un ejercicio de oportunismo incomprensible. El oso se ha convertido hoy en icono de la incompresión, en caricatura que muestra su lucha por la supervivencia en una sociedad, presentada como primitiva, que no sabe apreciar el valor de la diversidad natural. Una visión que impulsa a los dirigentes a aceptar cualquier proyecto a cambio de no contradecir la opinión mayoritaria que se mueve a partir de la compasión por este animal. Aunque la realidad es otra, y muy distinta y dramática, que muestra que lo que hacemos con esta reintroducción es condenar al oso a una situación de conflicto permanente con las comunidades de montaña que viven con gran precariedad, con equilibrios poblacionales muy delicados y con opciones de desarrollo económico situadas en el turismo como desesperada alternativa. Alguien decidió que el oso debía salir de los bosques eslovenos para llegar al Pirineo, lo que demuestra hasta qué punto estas decisiones son injustas con el Pirineo y, sobre todo, con los osos. La historia del oso Balou en los vecinos valles del Ariège es un ejemplo de esta tragedia. Con un disparo en la pata derecha y un collar de control que inevitablemente lo asfixiará en unos meses, evidencia cómo la soberbia de los hombres nos lleva a situaciones de estupidez supina. Los osos eslovenos tenían allí su hábitat, y no en el Pirineo. Y el Pirineo no podrá volver a la situación de hace 100 años, cuando tenía poblaciones estables de osos, si no hay un éxodo masivo de sus habitantes, cambiando los osos por sus ciudadanos. Las administraciones trabajan para evitarlo. Al menos, las que tenemos responsabilidades en el territorio, aunque con muchas dificultades y sin obtener siempre los resultados deseados. Quizá sea hora de dejar de mirar la realidad pirenaica desde la distancia de los despachos metropolitanos y de superar las visiones irreales de un Pirineo de fin de semana. Debemos ser justos con el territorio y con el oso, y poner en el centro de las preocupaciones a los ciudadanos que carecen de tantas oportunidades y no tienen garantizada la equidad en el acceso a los servicios, y a la vez dejar vivir al oso en espacios donde pueda hacerlo con dignidad, sin collares ni disparos que le agobien. No tapemos la mala conciencia con una foto mediática y una imagen bucólica. Seamos coherentes con la verdad y honestos con los osos y el territorio.