Hablando Claro: Sobre los derechos de los animales
Por Carlos Monsiváis
Los derechos de los animales... Un tema “extraño” en un momento tan crítico de
la vida de México y del planeta.
Para muchos, demandar leyes de bienestar animal parece un contrasentido, asunto
menor o ni siquiera; a su vez, un número creciente de personas, a las que me
añado, cree exactamente lo contrario, el trato hacia los animales es fundamental
en la comprensión general de nuestro comportamiento, se produce antes que la
crueldad hacia los niños, e inicia el gran proceso de la deshumanización, en el
sentido más estricto, porque siempre se ha buscado desvincular la condición
humana, en la acepción más rigurosa del término, del respeto a la naturaleza y
los seres vivos.
La historia sacralizada: “El hombre, dueño y señor de la naturaleza”. Esta
obstinación milenaria ha traído por consecuencia la serie infinita de los
desastres, como el calentamiento global (el señor Bush no sólo invadió Irak), y
el agotamiento de los recursos planetarios (ganancia rápida mata derechos de
generaciones del porvenir). Y este proceso, en ritmo ascendente, se inicia con
la crueldad con los animales y el desprecio por la naturaleza (¿a qué clase
gobernante le sirven los bosques y los ríos?)
No centro mi argumentación únicamente en el costo impagable de los ecocidios;
también apunto, y muy primordialmente, al modo en que la insensibilidad en lo
tocante a los animales -se ha probado en demasía- resulta prólogo directo a la
insensibilidad ante la vida ajena, incluso en demasiados casos la directamente
relacionada con cada persona. No se desata la crueldad desproporcionadamente,
sin convertir este ejercicio en uno de los grandes reflejos condicionados de
personas y colectividades, sin beatificar eso que en las justificaciones de
asesinatos y matanzas se llama “la naturaleza humana”.
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La defensa de los derechos de los animales, y su traducción jurídica (la Ley
General de Bienestar Animal), tendrá un resultado importantísimo: dar aviso
desde el Poder Legislativo de un hecho fundamental: el comportamiento civilizado,
en el sentido de los vínculos de gobiernos, sociedades y personas con los seres
vivos.
En la exposición de motivos de la Ley General de Bienestar Animal se dice con
claridad: “En la mayoría de los casos, las causas de los problemas de bienestar
animal se deben a la percepción errónea de que los animales no son capaces de
sufrir, sentir dolor y padecer estrés”. La ignorancia o, mejor, el desprecio
ante estos hechos, se desprende de la actitud ancestral de arrasamiento de lo “innecesario”.
Todo al servicio del hombre, el único género sobre la Tierra, y esta noción
monstruosa nutre los ecocidios y le da rienda suelta al machismo que, por
ejemplo, se burla y asume como expresión de la debilidad extrema a las muestras
de sensibilidad ante la barbarie de las corridas de toros, ante los horrores de
los antirrábicos, ante la maldad ostensible en los mataderos.
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La actitud humanista sigue siendo y seguirá siendo la base de la civilización, y
allí la sensibilidad es, de modo esencial, respeto y compasión por los seres
vivos (en el sentido de padecer con otros). Recuérdense en el otro extremo:
- Los miles de cabritas del pueblo oaxaqueño, masacradas anualmente como rito y
festín, en plena chacota de sus manifestaciones de terror las cabritas, a las
que, en una peregrinación larga, se les niega el agua para mejor comprimir y
aprovechar sus carnes.
- La petulancia que se ufana del “arte del toreo”, cuya sustancia consiste en la
tortura prolongada del toro que llega al ruedo lastimadísimo y aterrado. A este
respecto, me niego a entender el convenio del Instituto Nacional de Antropología
e Historia (INAH) con una asociación taurófila para un proyecto de historia del
toreo como un gran logro cultural. ¿Es la crueldad con seres vivos llevada al
límite, en efecto, un logro cultural? ¿Cómo se sostiene este despropósito?
- La soldadesca de Idi Amín (“el último rey de Escocia”) que en su huida
masacran a miles de elefantes.
- La moda “exquisita” de comer carne de perro.
- Las peleas de gallos y las peleas de perros.
- La persecución sistemática de las aves en la Ciudad de México.
- La barbarie de los pescadores japoneses y canadienses con focas y ballenas.
- La extinción de las especies.
- Y la joya de la corona, el fervor de la cacería, la puntería (muy regular)
como seña de la superioridad viril, como el gozo de matar en épocas de veda.
¡Ah, la estética que aplaude las corridas de toros!
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Mencioné el término indiferencia, y al revisarlo lo creo mal aplicado. Cuando no
interesan en absoluto los sufrimientos de seres vivos, cuando no se registra la
vida salvo de una manera, y de una manera jamás exenta de crueldad (véanse los
registros de la violencia intradoméstica), la indiferencia no es sino desprecio
por la idea misma del sufrimiento ajeno, desdén que se combina con júbilo. La
premisa es nítida: ¿qué importa lo que les pase a los carentes de conciencia, a
los seres que sólo están allí para alimentarnos o permitirnos el despliegue de
nuestro poder de destrucción? (Aquí se olvida el afecto muy real por los
animales domésticos). De allí las condiciones de la matanza de animales, tan
horrendas por feroces y por innecesarias; de allí las reglas de los animales en
cautiverio, manejo y transporte; de allí la seguridad alborozada de que no
sienten ni dolor ni miedo ni angustia, no padecen enfermedades ni tienen heridas,
y poco o nada importan la dosificación adecuada de agua y alimentos, y las
respuestas a su desnutrición.
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Quiero expresar mi admiración y mi homenaje constante a los activistas de los
derechos de los animales, a -por ejemplo- los que protestan por las corridas de
toros, por el trato a los perros, por el abandono de los animales. No ignoro los
pleitos y las divisiones entre los grupos, propios de toda comunidad, no ignoro
tampoco lo esencial: el punto de partida de su acción es la generosidad.
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El respeto a los derechos de los animales le es indispensable a México, no sólo
por las ventajas señaladas de la productividad y rentabilidad de la actividad
pecuaria, sino, y para mí es lo básico, porque el desarrollo civilizatorio nunca
se aclara debidamente, si se tiene a la crueldad como un comportamiento básico
de la relación con seres vivos, si se insiste en el “¿quién les manda ser
animales?” si se hace de la tortura la forma adecuada de trato con muchísimas
especies. Los derechos de los animales benefician a la sociedad en muy diversos
sentidos, y no es asunto de excéntricos la búsqueda del bienestar animal, sino
de ciudadanos y ciudadanas comprometidos con la idea y la práctica de una
sociedad justa y, precisamente, por su relación racional con los seres vivos,
plenamente humana.
Leído en el Foro Democrático de la Asamblea Legislativa del DF.
“Voces y derechos de los animales en el Distrito Federal”.
Escritor